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febrero 12, 2011

Moverse o morir...



Moverse o morir.(Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 6 de febrero de 2011)

Venezuela ha sido un país que por muchos años abrió las puertas a todas aquellas personas que llegaban a su suelo en búsqueda de una oportunidad de iniciar una nueva vida. Sueños se forjaron en esta nación, miles de historias que crearon la identidad del venezolano; de ese hijo del extranjero que crecía en campos que no eran suyos por herencia, en los cuales la fertilidad del suelo germinaba la materia prima de Venezuela. La materia del talento nacido de la fusión de las razas, la materia del venezolano pujante y lleno de optimismo.

Sin embargo las cosas cambiaron. Hoy Venezuela es tierra de personas que en vez de soñar con un presente y un futuro en el país, deben mirar hacia afuera para intentar encontrar un rumbo nuevo y oportunidades. La realidad del país termina por desmotivar a todos aquellos venezolanos que entienden el porvenir es incierto, que la crisis que se vive a diario no es cuestión de juegos, sino la cruda y ruda realidad; que ya su tierra no es el país de las oportunidades que fue un día.

Así es triste es ver como el talento se escurre gota a gota y termina por alejarse y perderse para nosotros, porque son otros los que terminan adoptando y sacando provecho de todo el potencial venezolano. El motivo es una repetición de lo que vemos diariamente en las noticias y no hay que darle vueltas. Aquella Venezuela pudiente quedó en el olvido. La Venezuela prospera que brindaba oportunidades murió y se convirtió en un recuerdo borroso, en una historia, una tradición oral que se repite con añoranza y con la esperanza de algún día despertar nuevamente en ella. Pero mientras eso ocurre Venezuela se desangra irremediablemente.

Hoy puedo pensar que todos tenemos la culpa. Sí, muchos no entendimos la importancia de amar a este suelo, muchos no comprendimos el significado de identificarnos con lo nuestro y perdernos en los caminos de la falta de identidad, del sentido de pertenencia. Así cuando ha llegado la hora de elegir a nuestros líderes pesa más el metal de las monedas que el sentimiento patrio. Por eso muchos pueden vender su terruño sin remordimiento, por eso olvidamos lo que es defender al país para encontrarnos en un laberinto del que parecemos por ahora destinados a no salir.
Muchas de las diásporas venezolanas nacían muchas veces precisamente de la falta de identidad nuestra. Vivir en Estados Unidos o en Europa era mucho más interesante y chic que hacerlo en Cumaná o en Machurucuto. Crecimos con el complejo de inferioridad si nuestras vacaciones no habían incluido por lo menos una vez en la vida una ida a Miami. Y si lo más lejos que habíamos llegado era la península de Paraguaná, teníamos que vivir a la sombra de aquellos que si habían podido disfrutar de esas mieles, o sencillamente vivir y remembrar robando anécdotas de algún familiar que hubiera cruzado el charco, por ejemplo.

Hoy las migraciones son justificadas. Como rezaba la publicidad de un programa de Natgeo: Moverse o morir. Porque la Venezuela de hoy en día, aunque es vivible, se ha tornado menos tolerante con las nuevas generaciones. A nosotros nos ha tocado sobrevivir el resultado de los errores de las generaciones anteriores que no sembraron para que recogiéramos algo que valiera la pena, sino solo nos dejaron los rastrojos. Solo somos víctimas de la negligencia en las décadas doradas del país.

Hoy vemos los límites y las barreras no creados por nosotros, sino legados por aquellos que solo pensaron en su presente y no en sus hijos, ni en los hijos de los demás.

Es moverse o morir en la mayoría de los casos, porque cada día hay menos oportunidades de crecer o de lograr las metas a no ser que tu apellido esté acompañado de un buen respaldo monetario de tu familia, o seas parte del circo gubernamental. Es la difícil decisión que se debe tomar muchas veces sin la seguridad del éxito en el plan emprendido, porque sencillamente los que tienen el poder, no hacen nada por ofrecer de verdad una solución para sus ciudadanos, sino que por el contrario se ensañan en hacerle la vida de cuadritos, para solo quedarse con aquellos que no es que tengan capacidad de adaptación, sino que son parásitos que viven del regalado del gobierno, de la dádiva gubernamental que les hace conformarse con una lata de sardina de mala calidad y una bolsa de leche cuando se puede conseguir. Así solo queda un remanente que espera valiente en el suelo nacional por muchos motivos, pero la pregunta es: ¿hasta cuándo se resiste?

La pregunta no tiene respuesta porque sencillamente no la hay. Me gustaría ver luces al final del túnel, pero hoy no las veo. El problema está arraigado casi en nuestros huesos y parece que no se quiere desprender de ahí. El problema es que en Venezuela, la cosa se ve más dura sobre todo cuando entiendes que no hay gobierno, que hay un vacío en la que debería ser la mayor certeza, pero lamentablemente no lo es. Solo hay represión aunque se llenen la boca hablando de libertad, solo hay miedo, aunque se ufanen diciendo que solo temen los apátridas, Solo hay estancamiento aunque se intente vender la idea de un país que progresa y que solo compran aquellos que no han estudiado, no han salido del país o sencillamente están recibiendo algo a cambio de opinar a favor. Para el resto el presente es duro y el futuro puede pintar peor.

La solución siempre lo digo está nuestras manos, a nuestro alcance, pero por ahora parece que como conjunto no hemos decidido tomarla y usarla. Por ahora seguiremos viendo como salen de Venezuela uno a uno sus hijos con maletas llenas de sueños y con la vista puesta en lo que fuimos y no somos más, en lo que dejamos, en lo que nos obligan a dejar.

Fernando Pinilla

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