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mayo 16, 2011

Para escuchar



Para escuchar (Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 15 de mayo de 2011)

Hoy quiero hablar de una de mis pasiones: la música. No, no es que toque algún instrumento o cante, porque esto último ni en la ducha, pero desde pequeño crecí rodeado de discos y aunque como ya dije no soy músico, en mi familia si hay algunos ejecutantes de instrumentos, cantantes y por ahí seguro debe venir el gustico casi enfermizo por la misma.

Muchas veces se habla de música y se generaliza, muchas veces se encasillan ciertos ritmos o se le hace el vacío a otros. Yo crecí escuchando desde Carmen Suite de Bizet, pasando por Charles Aznavour, Paul Mauriat, La Billo´s Caracas Boys hasta los Corraleros del Majagual. Sí, parece una mezcla extraña pero cada uno tenía su momento: un buen blues, un jazz, una salsa brava, un rock and roll de los 60´s y 70´s, todo a la hora justa, creó un registro auditivo en mi, que me llevó a volverme un melómano.

Ahora bien, escribo estas líneas por lo que vivimos hoy, dónde los avances de la tecnología, la globalización, el frenético ritmo que estalló a comienzos del siglo XX y que en nuestro siglo parece más un caballo desbocado, nos trae una avalancha de música, ritmos, y hasta nuevas propuestas nacidas de fusiones que se gestan en esta vorágine de culturas a las cuales tenemos acceso con un solo click, y ya no solo desde una computadora, sino hasta desde un teléfono móvil.

Basta con hacer búsquedas en el ciberespacio para darnos cuenta de la cantidad de material musical que existe, pero como sucede con muchas cosas en la actualidad, y sonaré como viejo aunque no lo soy, pero la música de antes sigue siendo mejor que la de hoy en día. Sé que no se puede generalizar, que sería un absurdo no reconocer la importancia de la evolución que estamos viviendo, pero quizás si medimos el tiempo que dura en nuestra mente las canciones que llegan, y así con la misma explosión y ruido con que se muestran casi desaparecen, podríamos sacar algunas conclusiones. Por el contrario es increíble ver como músicas que por la lógica deberían estar fulminadas por el inclemente peso de los años, pasan a ser melodías que casi definen nuestra vida, tengamos 80 años o por el contrario apenas comencemos a vivir.

Existe un fenómeno que hace que por más canciones que saquen algunos artistas no se logren mantener, a diferencia de las composiciones de Agustín Lara, Armando Manzanero, vocalizadas por cantantes clásicos no se terminan de olvidar. Muchos podemos burlarnos por ejemplo de Lila Morillo por sus excentricidades, por sus letras algunas jocosas, otras románticas, pero; ¿quién puede negar el legado musical no solo para Venezuela sino para Latinoamérica? ¿Qué artista puede darse el lujo de dejar su firma en el imaginario colectivo como ella?

Cantantes y compositores del mundo en décadas pasadas lograron no solo estar de moda, sino hacer que sus composiciones e interpretaciones se mantengan firmes. Louis Armstrong, Frank Sinatra, Ray Charles, Barry White, The Rolling Stones, The Platters , The Beatles, The Beach Boys, Abba, Elvis Presley; por Latinoamérica Sandro, Piero, Palito Ortega, Javier Solís, Pedro Infante, Tito Rodríguez, José Luis Rodríguez, Danny Rivera, Julio Jaramillo, Héctor Lavoe, orquestas como La Sonora Matancera, Los Melódicos, La Dimensión Latina, en Europa Nino Bravo, José Luis Perales, Joan Manuel Serrat, Nicola Di Bari, aún cuando muchos han muerto su herencia musical sigue estando presente no solo en las casas, sino que las nuevas generaciones terminan interpretando éxitos de este cocktail que acabo de nombrar, y en el que solo figuran nombres emblemáticos, dejando a un lado algunos que por más corta que fuera su carrera y poco los éxitos, igual contribuyeron a la historia musical del mundo.

Una pregunta obligada sería: ¿dónde reside la diferencia? ¿Qué tienen los de antes que los de hoy no tienen? Yo creo que la respuesta es sencilla y radica en el amor y la pasión, la clave para que todo sea hecho bien. A diferencia de muchos artistas y compositores modernos que la fama solo es la meta detrás de una composición o una interpretación, los artistas de antes eran movidos por la pasión, por el amor, dando como resultado la fama como reconocimiento a su calidad. Cuando una canción en el idioma que sea nace del alma, del corazón, de una experiencia real y no en un compromiso con un sello disquero o un artista, esta lleva en esencia parte del ser de aquel que la compone o la interpreta. Una canción escrita sin una historia es como un árbol sin raíces, su destino es secarse rápidamente. Una canción cantada sin sentirla es un cuerpo sin espíritu. ¿Cómo puede una canción perdurar y grabarse en las personas si el que la escribe o la canta no la siente?

Como todo arte la música debe sentirse, debe vivirse para que tenga sentido, así solo sea una canción para divertir, así sea una canción dedicada a un país, una ciudad, y claro está un amor que vive o que muere. Esa es la clave y la diferencia. Estamos en un tiempo en el que la sensibilidad murió, en el que nada se hace de corazón sino por motivos distantes a este. Hoy vemos “artistas” que perdieron el norte para llamar la atención, que escriben incongruencias intentando ser profundos en sus análisis, que en el nombre de la evolución musical y la irreverencia caen en la ordinariez y la falta de respeto.

Sin embargo en gustos y en colores no han escrito los autores. Somos seres libres de elegir todo hasta lo que escuchamos, pero de esa elección se podrá concluir quienes somos, lo que llevamos por dentro. Hoy ante tanta insensibilidad hace falta nuevamente pasión en lo que se hace, en lo que se le da al público, para educar, para transmitir solo lo mejor. Por ahora seguiremos escuchando y olvidando, esperando el próximo hit.

Fernando Pinilla

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