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febrero 22, 2012

El ocaso de la venezolanidad.




El ocaso de la venezolanidad. (Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 19 de Febrero 2012)

Fue una noche de carnaval, que de ti, me enamoré, sin quitarte el antifaz, te besé, te besé. No quisiste tu rostro enseñar, no te quitaste el antifaz, no quisiste tu rostro enseñar, porque era noche de carnaval.

Reza la primera estrofa de una canción que escucho mientras escribo. Se trata de la voz de Cheo García acompañado por la poderosa orquesta Billo´s Caracas Boys. Una joya que evoca la nostalgia del pasado en medio de un presente difuso en muchos sentidos. La mencionada canción hacía parte en la década del 50 del repertorio musical típico nacional. Un cancionero que llevaba un sello indeleble, el de la venezolanidad. Y es que aunque esta pieza, llamada “Conga de Carnaval”, sea justo eso; una conga, (Ritmo de origen cubano) llevaba en su esencia los aromas y sabores de una tierra tropical que aún vivía su época dorada de mestizaje cultural.

Es en aquellos carnavales gloriosos de antaño, en los que encuentro imágenes y sonidos de una cultura definida. Y es que el carnaval con sus detractores y entusiastas defensores, es sin duda una expresión de folclor, de tradición de aquellos lugares donde se celebra esta festividad inmediatamente antes de la cuaresma cristiana y cuyo origen se pierde en los intricados caminos de la historia universal, siendo identificada claramente en la antigua Roma, Grecia y manchada de un origen pagano notorio. Sin embargo, más allá de sus orígenes oscuros, los carnavales son sinónimo de derroche de alegría y de personalidad propia en cada rincón dónde son celebrados; perdiendo su finalidad pagana, y dando un giro y convirtiéndose en huellas indelebles de cultura.

En nuestra capital según cuenta Arístides Rojas (notable Naturalista, médico, historiador y periodista venezolano) en sus Crónicas de Caracas de 1890; existían dos carnavales definidos: el antiguo, que era puramente “acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero e infamante”; y el carnaval moderno “lleno de aire y perfume de las flores, artístico, espontáneo, honrado y republicano”. La diferencia nacía en tiempos del “Ilustre americano”, Antonio Guzmán Blanco, quién por 1870 cambió el rostro de los poco civilizados carnavales capitalinos. Sin embargo no solo es en la Caracas de finales del siglo XIX y principios y mediados del XX, es dónde encontramos tradición y una personalidad definida en estas celebraciones. En El Callao, pueblo minero fundado en 1853 con el nombre de Caratal, nace de la mezcla de diferentes culturas la tradición del calipso y el carnaval, ambos símbolos de venezolanidad. Tanto los habitantes de origen local, ingleses, norteamericanos, franceses y un notable número de pobladores oriundos de las Antillas británicas y francesas, quienes con preeminencia del aporte afroantillano, aportaron su grano de arena para dar sabor criollo a dicha tradición. Y es que en Venezuela el ritmo extranjero se adhirió al suelo que lo bailaba, y de este extrajo ciertas peculiaridades que las tomó para sí: estribillos cantados en Patúas o Creole, dos dialectos antillanos, letras fuertes y picarescas y narración de sucesos locales típicos que lo convirtieron en una expresión criolla identificable y nuestra en su totalidad.

A estos dos carnavales de tradición podemos agregar el de Puerto Cabello, con historias para narrar desde 1871, y el de Carúpano, ambas festividades y expresiones folclóricas prácticamente en vías de extinción, más allá de los esfuerzos de los residentes de ambas zonas junto a algunos grupos culturales, que se niegan a dejar morir estas festividades. Sin embargo el mal que aqueja a ambas fiestas, es el mismo que aqueja los carnavales del resto del país: Olvido. Es en esta palabra de seis letras que se resume la realidad cultural de una expresión que languidece rápidamente, y que en otras partes del mundo y nuestro continente es apreciada; siendo los carnavales de Rio de Janeiro y Barranquilla las dos expresiones más importantes de Latinoamérica. En el primero, sería solo hasta 1932 que se daría un desfile de categoría (Antes solo se sabe de fiestas de disfraces) y 1984 se lograría tras muchos esfuerzos la unificación en el formato que conocemos hoy en día. En el segundo, se celebraba desde 1888 las fiesta del Rey Momo, al siguiente año se crearía el cargo del Presidente del carnaval y la junta organizadora, y 1903 para celebrar el final de la Guerra de los Mil Días, se decide institucionalizar el carnaval y la Batalla de Flores, clímax de las festividades carnestolendas, trocando una batalla política que trajo muerte y sufrimiento, por una de algarabía y flores como símbolo de paz que brilla hoy en su máxima expresión.

Sin embargo, mientras ambos carnavales crecen y se revitalizan cada año, los nuestros se apagan como las velas. Mientras robamos expresiones ajenas y las hacemos cotidianas; los nuestros carecen de interés, de apoyo e incentivos. Mientras soñamos con ir a los dos mencionados un poco más arriba, a los nuestros los convertimos en la excusa para atestar las playas de personas, en una vorágine de colas, amontonamientos, y malos ratos que teñimos de alegría con la excusa del ansiado “descanso”.

Ya no hay disfraces de aquellas negritas juguetonas que se robaban el show en las fiestas de antes. Ya no hay desfiles en los que reinas como Susana Dujin, en el carnaval de Caracas de 1956, celebró en una hermosa carroza en medio de las comparsas por las calles abarrotadas de personas, su corona de Miss Mundo del año anterior, que la convirtió en la primera soberana de este reinado nacida en este suelo.

No, hoy bailamos regueton con un vaso lleno de alcohol que atenta contra nuestras vidas y, en las carreteras, con las de cientos de temporadistas. En las pocas fiestas de carnaval (casi todas dirigidas para niños) escuchamos y sentimos como nuestros ritmos ajenos como la Samba, y me pregunto yo: ¿Será que en Río harán lo mismo con el Calipso?, ¿o en Barranquilla sonará “Woman del Callao”?

Nuestro carnaval es la crónica de nuestra identidad: El ocaso de la venezolanidad.

Fernando Pinilla

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