Un poco de mi trabajo diario en prensa, proyectos personales y demás locuras de mi incansable mente. iidisfrútenlo!!


mayo 19, 2011

De aquí y de allá...

Caricaturas publicadas en los diarios La Voz, La Región, Líder en Deportes, la revista Clímax y algunas solo para la red.












mayo 16, 2011

Para escuchar



Para escuchar (Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 15 de mayo de 2011)

Hoy quiero hablar de una de mis pasiones: la música. No, no es que toque algún instrumento o cante, porque esto último ni en la ducha, pero desde pequeño crecí rodeado de discos y aunque como ya dije no soy músico, en mi familia si hay algunos ejecutantes de instrumentos, cantantes y por ahí seguro debe venir el gustico casi enfermizo por la misma.

Muchas veces se habla de música y se generaliza, muchas veces se encasillan ciertos ritmos o se le hace el vacío a otros. Yo crecí escuchando desde Carmen Suite de Bizet, pasando por Charles Aznavour, Paul Mauriat, La Billo´s Caracas Boys hasta los Corraleros del Majagual. Sí, parece una mezcla extraña pero cada uno tenía su momento: un buen blues, un jazz, una salsa brava, un rock and roll de los 60´s y 70´s, todo a la hora justa, creó un registro auditivo en mi, que me llevó a volverme un melómano.

Ahora bien, escribo estas líneas por lo que vivimos hoy, dónde los avances de la tecnología, la globalización, el frenético ritmo que estalló a comienzos del siglo XX y que en nuestro siglo parece más un caballo desbocado, nos trae una avalancha de música, ritmos, y hasta nuevas propuestas nacidas de fusiones que se gestan en esta vorágine de culturas a las cuales tenemos acceso con un solo click, y ya no solo desde una computadora, sino hasta desde un teléfono móvil.

Basta con hacer búsquedas en el ciberespacio para darnos cuenta de la cantidad de material musical que existe, pero como sucede con muchas cosas en la actualidad, y sonaré como viejo aunque no lo soy, pero la música de antes sigue siendo mejor que la de hoy en día. Sé que no se puede generalizar, que sería un absurdo no reconocer la importancia de la evolución que estamos viviendo, pero quizás si medimos el tiempo que dura en nuestra mente las canciones que llegan, y así con la misma explosión y ruido con que se muestran casi desaparecen, podríamos sacar algunas conclusiones. Por el contrario es increíble ver como músicas que por la lógica deberían estar fulminadas por el inclemente peso de los años, pasan a ser melodías que casi definen nuestra vida, tengamos 80 años o por el contrario apenas comencemos a vivir.

Existe un fenómeno que hace que por más canciones que saquen algunos artistas no se logren mantener, a diferencia de las composiciones de Agustín Lara, Armando Manzanero, vocalizadas por cantantes clásicos no se terminan de olvidar. Muchos podemos burlarnos por ejemplo de Lila Morillo por sus excentricidades, por sus letras algunas jocosas, otras románticas, pero; ¿quién puede negar el legado musical no solo para Venezuela sino para Latinoamérica? ¿Qué artista puede darse el lujo de dejar su firma en el imaginario colectivo como ella?

Cantantes y compositores del mundo en décadas pasadas lograron no solo estar de moda, sino hacer que sus composiciones e interpretaciones se mantengan firmes. Louis Armstrong, Frank Sinatra, Ray Charles, Barry White, The Rolling Stones, The Platters , The Beatles, The Beach Boys, Abba, Elvis Presley; por Latinoamérica Sandro, Piero, Palito Ortega, Javier Solís, Pedro Infante, Tito Rodríguez, José Luis Rodríguez, Danny Rivera, Julio Jaramillo, Héctor Lavoe, orquestas como La Sonora Matancera, Los Melódicos, La Dimensión Latina, en Europa Nino Bravo, José Luis Perales, Joan Manuel Serrat, Nicola Di Bari, aún cuando muchos han muerto su herencia musical sigue estando presente no solo en las casas, sino que las nuevas generaciones terminan interpretando éxitos de este cocktail que acabo de nombrar, y en el que solo figuran nombres emblemáticos, dejando a un lado algunos que por más corta que fuera su carrera y poco los éxitos, igual contribuyeron a la historia musical del mundo.

Una pregunta obligada sería: ¿dónde reside la diferencia? ¿Qué tienen los de antes que los de hoy no tienen? Yo creo que la respuesta es sencilla y radica en el amor y la pasión, la clave para que todo sea hecho bien. A diferencia de muchos artistas y compositores modernos que la fama solo es la meta detrás de una composición o una interpretación, los artistas de antes eran movidos por la pasión, por el amor, dando como resultado la fama como reconocimiento a su calidad. Cuando una canción en el idioma que sea nace del alma, del corazón, de una experiencia real y no en un compromiso con un sello disquero o un artista, esta lleva en esencia parte del ser de aquel que la compone o la interpreta. Una canción escrita sin una historia es como un árbol sin raíces, su destino es secarse rápidamente. Una canción cantada sin sentirla es un cuerpo sin espíritu. ¿Cómo puede una canción perdurar y grabarse en las personas si el que la escribe o la canta no la siente?

Como todo arte la música debe sentirse, debe vivirse para que tenga sentido, así solo sea una canción para divertir, así sea una canción dedicada a un país, una ciudad, y claro está un amor que vive o que muere. Esa es la clave y la diferencia. Estamos en un tiempo en el que la sensibilidad murió, en el que nada se hace de corazón sino por motivos distantes a este. Hoy vemos “artistas” que perdieron el norte para llamar la atención, que escriben incongruencias intentando ser profundos en sus análisis, que en el nombre de la evolución musical y la irreverencia caen en la ordinariez y la falta de respeto.

Sin embargo en gustos y en colores no han escrito los autores. Somos seres libres de elegir todo hasta lo que escuchamos, pero de esa elección se podrá concluir quienes somos, lo que llevamos por dentro. Hoy ante tanta insensibilidad hace falta nuevamente pasión en lo que se hace, en lo que se le da al público, para educar, para transmitir solo lo mejor. Por ahora seguiremos escuchando y olvidando, esperando el próximo hit.

Fernando Pinilla

mayo 09, 2011

¿Hasta cuándo mal servicio?



¿Hasta cuándo mal servicio? (Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 8 de mayo de 2011)

Uno de los grandes problemas que aqueja a Venezuela es el mal servicio que se presta en diversas áreas en el país. No es una exageración y quizás puede sonar a generalizar, pero de verdad es lamentable tener que ser víctima de los atropellos, abusos y sobre todo mala educación de las personas que ofrecen servicios, sean los dueños o los empleados. Para que no crean que solo es un escrito sin fundamento paso a contar algunas experiencias.

El fin de semana pasado fui víctima junto a tres amigos en la isla de Margarita del mal servicio que presta la aerolínea “Venezolana”, línea aérea ésta que pisó nuestros derechos al dejarnos por fuera del vuelo de esa noche Porlamar/Maiquetía, aludiendo que no aparecíamos en lista y que en realidad estábamos con la reserva para el día siguiente, es decir el lunes en la mañana a las 9:00 am. Quizás fuimos victima de la certeza que te da el tiquete electrónico, sin embargo no se justifica ya que teníamos nuestro soporte, no ahí, error que asumimos como grupo, que demostraba el abuso, pero la respuesta de la señora que estaba asignada para la tención al cliente no fue la adecuada. Las personas que trabajan con público deberían estar capacitadas para resolver los problemas del pasajero con toda la educación del mundo, siempre que estos actúen con educación como fue el caso nuestro, sin embargo, en Venezuela hemos olvidado lo que significa servicio eficiente.

Esta empleada de la mencionada aerolínea, procedió a darnos un puntapié con una altanera y para nada lógica respuesta, en el delicado momento que vivíamos al no poder regresar a casa, ya sin mucho dinero y sin hotel. Esta respuesta y este abuso por parte de Venezolana, implicó un gasto de dinero que no estaba presupuestado, pero sobre todo atraso en nuestras funciones laborales, complicando el lunes de los cuatro que ejercemos nuestro trabajo en la prensa.

Mi pregunta es: ¿qué significa servicio para ellos? ¿Qué parte de atención al cliente no entienden? ¿Debemos aceptar con resignación los atropellos sencillamente porque así es Venezuela? Mi respuesta es no, me niego a aceptar que además de ser arbitrariamente sacados del vuelo ya pago que teníamos, nos traten como a animales, irrespetando nuestros derechos como clientes, pero sobre todo como clientes educados, porque ninguno de mis acompañantes usó siquiera un tono inapropiado.

El problema es que en el país vivimos una etapa de oscurantismo, olvidamos lo que fuimos y no sabemos a dónde vamos. En una nación dónde es normal que no haya comida en los supermercados y seguimos caminando hacia adelante como si nada, este tipo de atropellos son cotidianos, en un país donde muchos de los mesoneros te atienden como si estuvieras pidiendo regalado, así como los dependientes de tiendas, funcionarios bancarios, de taquillas de servicios públicos, entre otros; parecería normal ser víctima de todos los abusos que se les antoje, pero no, Yo Fernando Pinilla no me resigno a vivir entre la mediocridad y espero que los que leen este sencillo escrito piensen igual.

No podemos seguir aceptando que el cliente jamás tiene la razón, y cuando sales del país te das cuenta que el cliente y sobre todo el turista siempre recibe trato especial, siempre es tratado con consideración y el esmero de las personas que viven de atender al público. Cuando salgo de Venezuela y veo como con disciplina y respeto se asume el trabajo de atender al público con responsabilidad, amor y entrega siento vergüenza. Es triste hacer comparaciones, pero son inevitables con las malas caras que podemos ver cada vez que vamos a un centro comercial, a restaurantes como me sucedió en uno de comida árabe en el Centro Comercial La Cascada, dónde por no entender la pregunta sobre los sabores de las bebidas, fui gritado por el dueño del local que en ese momento atendía con groserías a todos los clientes al medio día, hace solo hace un par de meses. La respuesta mía claro no se hiso esperar para exigir respeto, para exigir calidad de servicio y para contagiar al resto de personas a los que ese individuo atendía, que hicieran valer sus derechos. La realidad es que no me estaba haciendo un favor, ya que por el contrario yo colaboraba en engordar sus arcas y eso me daba el derecho, mientras yo fuera educado, de recibir un servicio con el mismo nivel o mucho mejor.

Nos estamos acostumbrando a la mediocridad, a permitirle a empresas desordenadas y abusivas como el caso de esta aerolínea con empleados como esta mujer, que por buena educación y consideración por su condición de mujer, no recibió quizás la respuesta de nuestra parte que requería, pero que ameritaba para sentar el precedente. No podemos seguir callando, no podemos vivir siendo parte del problema al no reclamar, al no decir: qué mal servicio. Al hacerlo contribuimos a que el desorden se siga incubando como una enfermedad, como un virus de esos que tanto aquejan a Venezuela y que solo terminan por seguir dándole una cara negativa que opaca todo lo bueno y destruye a toda la gente positiva que existe en el país y que cada día quieren dar lo mejor.

Si en lugar de nosotros, criollos, hubieran sido extranjeros las víctimas, ¿Qué imagen se pueden llevar del país? ¿Qué pensarán al ver los malos servicios y las malas atenciones? Creo la respuesta está en el poco turismo extranjero que tenemos, creo se refleja en los comentarios que se consiguen en los portales especializados sobre los servicios que los foráneos reciben al venir a generar empleo, a generar progreso con su dinero. Al igual que ellos, nosotros y cada uno lo hacemos cuando liberamos nuestro dinero en troca por un servicio, por un producto, cuando con nuestros billetes, monedas, les damos empleo, como otros lo hacen con nosotros, es una cadena, y el servicio es parte del producto que esperamos recibir.

Fernando Pinilla

mayo 03, 2011

Sentido de Pertenencia



Sentido de Pertenencia (Columna "Trompo en la uña" diario La Región, 1ero de mayo de 2011)

Hoy que de nuevo te vistes, un grato recuerdo me queda de ti, hoy que te vas alejando, con honda tristeza te canto yo a ti.

Este verso no es para una mujer escrito por un hombre enamorado al separarse de su media naranja. Quizás podríamos pensar equivocadamente que esto es así, sin embargo fue plasmado para Venezuela, específicamente para Caracas. Lo que podría llamar aún más la atención, es que este verso que compone la primera estrofa de una canción llamada “Caracas Vieja”, no fue compuesta por un criollo, sino por un dominicano, músico este que se radicó en Venezuela cuando pretendía hacer solo unas presentaciones el 31 de diciembre de 1937 en compañía de su orquesta, pero el destino le jugó una mala pasada que lo obligó a prolongar su estadía, pero lo que jamás pensó, es que ese lapso de tiempo llegaría hasta el 5 de mayo de 1988, por voluntad propia, porque su corazón encontraría su lugar lejos del suelo en que nació, lejos de Quisqueya, la tierra de sus amores.

Luís María Frómeta Pereira, o mejor Billo Frómeta, no solo se quedó a vivir en Venezuela, sino que partió la historia musical del país, y por décadas le cantó a ciudades ajenas, pero que se sembraban en su corazón cada día que pasaba, o acaso, ¿era que su corazón se sembraba cada día más en el suelo nacional? Con influencia de Agustín Lara, a quien conociera en su estadía por Caracas en 1938, o de músicos colombianos como Pacho Galán y Lucho Bermúdez quienes terminaron de influenciar este hervido criollo, dónde cual ingredientes especiales le dieron sabor, voces inolvidables como las de Manolo Monterrey, Rafa Galindo, Alfredo Sadel, Cheo García, Felipe Pirela, José Luis Rodríguez y pare usted de contar.

Lo interesante de esta historia, es que este músico que dejó clásicos que aún hoy a 24 años de su desaparición física siguen sonando para nostalgia de muchos, rechazo de otros; dejara tantas composiciones dedicadas a Venezuela, y en especial a la ciudad de su alma; Caracas, de ahí sus famosas: Canto a caracas, Caracas vieja, La Canción de Caracas, Sueño Caraqueño, Mi Viejo Guaire, Caminito Avileño, En Caracas.

Han cambiado a mi Caracas, compañero, poco a poco se me ha ido mi ciudad; la han llenado de bonitos rascacielos, y sus lindos techos rojos ya no están. Dice la canción sueño caraqueño, en la que agrega que locales como el Roof Garden, dónde debutara, ya no existía, al igual que muchos personajes que solo recordamos hoy en crónicas, si acaso, y detalles llamativos como su mención en un verso que cuenta que las muchachas ya no van a La Planicie, costumbre que tenían las hermosas caraqueñas de antaño, que por razones obvias terminó de desaparecer.

¿Qué pensaría hoy en día ese Billo, no el dominicano, sino el venezolano por adopción que se enamoró de este país de una forma como pocas veces se ve, no renegando de sus orígenes, pero dando solo lo mejor para todo ese público que lo admiraba y veneraba, por su sencillez, talento y orgullo venezolano?
¿Qué pensaría el hombre que escribió un día: Caracas vieja, que te vas con los años, en cada reja que dejamos de ver, se va un idilio, se va un romance, se va un recuerdo de nuestro ayer, al ver no solo el olvido de las autoridades, sino de la propia gente que camina como autómatas por las calles que tanto amó Billo?
¿Qué pensaría el hombre que reescribió una canción colombiana para afirmar que las playas de Margarita eran las más bellas, orgulloso de la en otrora “perla de oro del Caribe”, y observarla en el estado de deterioro, inseguridad y atraso que está sumida?

¿Qué pensaría el hombre que dio su vida a este suelo como homenaje, como agradecimiento a un país que hoy es malquerido por sus habitantes, pero al que le dedicó su talento entero, para dejar un legado perenne, un legado de orgullo, de sentimiento?

¿Qué pensaría Billo Frómeta, si hoy se levantara de su tumba y se encontrara con esta Caracas, con esta Venezuela, con el centro de la ciudad de los “techos rojos” sumido en la anarquía, el caos, el chabacanismo, pero sobre todo que pensaría cuando algunos toman su música para identificar una revolución, que lo ha sido, pero por el atraso, miseria y odio que ha dejado a su paso?

Estas interrogantes no tienen respuesta y se podría imaginar mil cosas, pero ciertamente una realidad dice que seguro seguiría el camino de la crítica que usó en sus canciones para describir el abandono que en la década del ochenta ya vivía la capital y claro está el país.

Se necesita ser Billos, y lo digo en plural, para que cambie el país. Se necesita enamorarse de Venezuela, enamorarse de este suelo y sentirlo con pasión para cambiar la realidad que se vive, para darle un “tate quieto” a toda esa gente que solo trae negatividad.

Sentido de pertenencia tuvo Luis María, sentido de pertenecía al abrazar con su música a Venezuela, al entrelazarla en versos llenos de nostalgia, de gratitud. Deberíamos imitar y no solo mirar los miles de defectos que vive el país, sino las cosas buenas, y aún más importante las soluciones. Se necesita ser Billos para recorrer Venezuela y perderse en lo pintoresco, en lo nuestro, en lo que nos identifica y nos define; para tomarlo con cuidado y convertirlo en tatuajes en nuestra alma, y llenarnos de sentimiento patrio y levantar nuestras voces ante la decadencia que vivimos.

El día que las nuevas generaciones entiendan el legado de Billo Frómeta, y no lo usen burlescamente o con vergüenza, ese día el país retoñará, se levantará de verdad.
Y es que yo quiero tanto a mi Caracas, que solo pido a Dios cuando yo muera, en vez de una oración sobre mi tumba, el último compás de Alma Llanera.

Fernando Pinilla